Tradición, identidad, eficacia y libertad de investigación

La autenticidad no debería utilizarse para cerrar el karate, sino para comprender de dónde venimos y continuar investigando con honestidad.

Iñigo López Menéndez

1.Introducción: el problema de la autenticidad

Uno de los grandes problemas de las artes marciales, y del karate en particular, es el ego. Este se combina con una necesidad profundamente humana: pertenecer a un grupo reconocible con el que identificarse. Puede tratarse de una nación, un equipo de fútbol, una comunidad cultural, una religión o una organización de karate.

Cuando esa necesidad de pertenencia se traslada al ámbito marcial, el karate corre el riesgo de convertirse en un reino de taifas. Cada escuela, asociación o linaje se presenta entonces como el único depositario del karate «original», «auténtico» o «verdadero».

Todos nos proclamamos respetuosos con la tradición, herederos directos de los maestros y guardianes de una supuesta verdad marcial. Sin embargo, esa verdad única no existe y probablemente nunca ha existido.

2.Un arte nacido del intercambio

Desde sus orígenes en Okinawa, el karate se desarrolló mediante referencias cruzadas, intercambios y procesos de adaptación. Los maestros incorporaron elementos procedentes de las tradiciones locales, de las danzas regionales, de los viajes a China para estudiar sistemas de combate, del kobudō y de principios asociados al manejo de armas como el bō o la katana.

También existieron visitas de maestros, aprendizajes entre regiones, reinterpretaciones personales y cambios derivados de las necesidades concretas de cada practicante. Esa mezcla no constituye una desviación del karate: constituye precisamente su historia.

Solo algunas de aquellas formas, métodos y experiencias sobrevivieron hasta nuestros días. Otras se transformaron o desaparecieron. Por eso resulta difícil sostener que una expresión contemporánea pueda presentarse como la reproducción completa e inalterada de un origen único.

3.La debilidad de quien necesita excluir

Cuando escucho en seminarios, visitas a dōjō o encuentros entre estilos la afirmación «esto es lo auténtico», siento cierta tristeza. Con demasiada frecuencia, esa frase no expresa seguridad técnica, sino la necesidad de negar al otro para reafirmarse uno mismo.

Quien necesita desautorizar todo lo diferente para sostener su identidad demuestra fragilidad. Una práctica sólida no teme observar, comparar, preguntar o reconocer valor fuera de su propio grupo.

Conocer la propia línea es fundamental. Saber quiénes fueron nuestros maestros, qué principios transmitieron y cómo evolucionaron las técnicas permite entrenar con coherencia. Pero conocer la línea no debería convertir a nadie en guardián de una ortodoxia cerrada ni en gurú de una verdad exclusiva.

4.De la autenticidad a la eficacia

Existe, además, un cambio histórico de criterio que a menudo se pasa por alto. En épocas y contextos donde los enfrentamientos entre maestros servían para poner a prueba los métodos, la autenticidad tenía poco valor si la técnica no funcionaba.

En China y Okinawa existieron formas de confrontación destinadas a comprobar la habilidad. En Japón, los duelos con sable planteaban una verificación todavía más extrema. En esos contextos, declararse auténtico no protegía a nadie frente a las consecuencias de una técnica ineficaz.

El valor principal no era la autenticidad proclamada, sino la efectividad demostrada. Un linaje, un emblema o una certificación podían aportar identidad, pero no sustituían la capacidad real.

5.La autenticidad como concepto comercial

El concepto moderno de «auténtico» tiene con frecuencia menos de marcial que de comercial. Escudos, federaciones, asociaciones, estilos y marcas necesitan diferenciarse. Para hacerlo, construyen relatos de exclusividad y continuidad absoluta.

Este proceso no es inocuo. Lo auténtico casi siempre se define excluyendo: si una escuela representa la verdad, las demás quedan presentadas como desviaciones. Sin embargo, en un arte de lucha, excluir significa también limitar las posibilidades de aprendizaje.

Aquello que practica el grupo considerado «no auténtico» se descarta antes de ser estudiado. La diferencia es que, a diferencia de otros periodos históricos, esa superioridad ya no suele ponerse a prueba. La marca no necesita demostrar su eficacia; le basta con repetirse como garantía de legitimidad.

A esta situación se suma la figura del practicante que construye grandes teorías a partir de libros, vídeos o debates en internet, pero apenas ha contrastado esas ideas fuera de su entorno inmediato. Antes hablábamos del karateka de libro; hoy podríamos hablar también del karateka de pantalla.

6.La diversidad como riqueza en Okinawa

En Okinawa era habitual entrenar con varios maestros, y esa experiencia podía considerarse un valor añadido. Las distintas versiones de un mismo kata conservaban incluso el nombre de la persona o la línea que las había transmitido: Matsumura Passai, Oyadomari Passai y otras variantes.

Esas denominaciones no necesariamente expresaban una competición por decidir cuál era la única versión verdadera. Mostraban que las referencias cruzadas producían experiencias técnicas diferentes. Cada versión contenía decisiones, énfasis y aprendizajes propios.

La diversidad podía entenderse como enriquecimiento. Ninguna variante era automáticamente superior o inferior; debía comprenderse y ponerse a prueba.

7.Una experiencia con maestros de Shōrin-ryū

En una ocasión participé en un curso con maestros okinawenses de Shōrin-ryū. El entrenamiento estaba dirigido por un noveno dan y comenzó a trabajarse el kata Unsu. El maestro inició el conteo, pero al poco tiempo se detuvo y observó: «Ah, vosotros practicáis el Unsu de Nakazato». A continuación añadió: «De acuerdo, cambiamos de kata».

No dijo que nuestra versión estuviera mal. No afirmó que nunca se hubiera realizado de aquella manera ni exigió que, por encontrarnos en su curso, debiéramos reproducir exactamente su forma.

Aquella reacción mostraba una actitud abierta hacia la diferencia. El maestro reconoció la procedencia de la versión y evitó convertir una variante legítima en un conflicto de autoridad. Esa naturalidad contrasta con el culto a la marca que posteriormente se fortaleció en muchos entornos del karate japonés.

8.El dōjō como espacio vivo

Durante mi primer acercamiento al Shōrin-ryū, en 1995, un compañero me contó que en un dōjō japonés había niños sentados estudiando inglés con sus libros, bolígrafos y apuntes.

A primera vista, la anécdota puede parecer ajena a esta reflexión. Sin embargo, muestra una diferencia importante de perspectiva. El dōjō, que desde fuera puede imaginarse como un espacio casi sagrado e intocable, puede cumplir también funciones cotidianas y comunitarias.

El artista marcial debería aprender a distinguir entre la esencia de una práctica y las formas culturales que construimos alrededor de ella. Sacralizar cada detalle externo puede impedirnos comprender lo que realmente se está transmitiendo.

9.El empobrecimiento producido por los axiomas

La idea axiomática de que existe una forma auténtica e indiscutible ha provocado múltiples formas de empobrecimiento en el karate.

Un ejemplo aparece en las aplicaciones de kata. Algunas interpretaciones actuales se construyen a partir de movimientos que fueron modificados para hacerlos más visibles, simétricos o estéticos en competición. Después se intenta desarrollar una aplicación de combate desde esa versión alterada, como si la modificación deportiva conservara necesariamente la función técnica original.

La pregunta resulta inevitable: ¿qué desarrollo marcial puede sostener una aplicación creada sobre una técnica que fue transformada principalmente para mejorar su apariencia?

Esto no significa que toda evolución sea negativa ni que debamos reconstruir de manera arqueológica una supuesta forma primitiva. Significa que debemos conocer qué se modificó, por qué se modificó y qué consecuencias tuvo el cambio sobre la función.

10.Conocer la línea sin convertirse en su propietario

Es fundamental saber qué línea se practica. Ese conocimiento permite comprender las elecciones técnicas, los principios corporales y la lógica de los kata. Pero la finalidad debería ser entender mejor a los demás y situar correctamente nuestro propio trabajo, no proclamarnos propietarios de la tradición.

También debemos observar con atención a quienes precedieron a nuestra línea y recorrer su evolución hacia atrás. No porque todo lo antiguo sea necesariamente mejor, sino porque muchos de aquellos practicantes sometían sus métodos a formas de comprobación más directas.

Las prácticas anteriores pueden conservar una riqueza técnica nacida de esa comprobación y ayudarnos a entender la función de un movimiento antes de que fuera modificado por razones pedagógicas, institucionales, estéticas o deportivas.

Con frecuencia, nuestro karate contemporáneo se parece a un karate de PlayStation: representamos ataques y defensas sin una verdadera relación con la distancia, el tiempo, la intención o el riesgo. Basta observar determinados bunkai de exámenes y competiciones para comprobar la distancia que puede existir entre una coreografía formal y una aplicación marcial.

Es completamente legítimo practicar lo que Taiji Kase denominaba «karate de porcelana»: una forma cuidada, estética y técnicamente pulida. Lo que no resulta razonable es confundir esa opción con la única autenticidad posible. Ninguna modalidad posee por sí sola el monopolio de la verdad.

11.Kanazawa y la voluntad de volver a mirar

Siento un respeto especial por Hirokazu Kanazawa porque regresó a Okinawa para observar, preguntar y continuar aprendiendo. Esa actitud demuestra que el conocimiento de una línea no impide volver a sus fuentes ni reconocer que todavía queda algo por descubrir.

Recuerdo un curso con Kanazawa en el que trabajó Gankaku Shō. Algunos grados avanzados de Shōtōkan criticaban aquella supuesta «invención». Sin embargo, se trataba de una adaptación respetuosa de un kata okinawense perteneciente a la línea de Shōshin Nagamine.

Quienes lo criticaban desconocían ese origen. La seguridad de estar practicando el karate auténtico les evitaba, aparentemente, la necesidad de investigar. Cuando alguien considera que ya posee la verdad, mirar fuera de su sistema parece innecesario.

12.Tradición e investigación

La tradición no debería convertirse en inmovilidad. Una tradición viva conserva principios, experiencias y preguntas; no únicamente formas externas.

Respetar a los maestros no significa repetir sin comprender. Significa estudiar lo que hicieron, conocer el contexto de sus decisiones y continuar la investigación con la misma honestidad. Si una técnica no funciona, debe revisarse. Si otra escuela ofrece una respuesta útil, debe estudiarse. Si una versión antigua aclara el sentido de un kata, conviene prestarle atención.

La identidad de una línea puede servir como punto de partida, pero no debería transformarse en una frontera mental. El karate se empobrece cuando la pertenencia sustituye a la experiencia y cuando la fidelidad institucional vale más que la comprobación técnica.

13.Conclusión

No existe un único estilo auténtico de karate. Existen líneas históricas, métodos, interpretaciones y formas de transmisión que deben ser estudiadas con rigor. Algunas conservan soluciones valiosas; otras han desarrollado respuestas nuevas. Todas pueden contener aciertos, limitaciones y contradicciones.

La verdadera fidelidad al karate no consiste en levantar fronteras, sino en entrenar, observar, contrastar y mantener abierta la capacidad de aprender.

Gichin Funakoshi expresó una idea especialmente adecuada para cerrar esta reflexión:

«No hay estilos en karate. Es como la filosofía: cada persona tiene su opinión. ¿Quién tiene razón? ¿Quién está equivocado? Nadie puede decirlo. Cada cual debe intentar alcanzar un punto en el que pueda demostrar que ha creado algo en su vida».

Quizá esa sea la cuestión esencial. No se trata de demostrar que poseemos el karate auténtico, sino de conseguir que nuestra práctica sea honesta, coherente, eficaz y capaz de aportar algo vivo a quienes continúen después.